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¿Estás sufriendo y no sabes muy bien qué hacer al respecto?




Tal vez estás sufriendo por culpa de una depresión crónica o de un trastorno de ansiedad; quizás tu lucha con la adicción a las drogas o alcohol te ha estado costando la vida misma en el inútil intento de atenuar tu dolor o puede que tu relación se tambalee o que tú te estés preguntando si tu vida tiene sentido. Puede que hayas estado en una y otra terapia, intentando hacerte con el control de tu torbellino interno. O tal vez seas uno de esos millones que se sienten bloqueados –no vitales y comprometidos con la vida sino distantes, apagados, embotados o sobrepasados–.

“¿por qué no puedo superarlo?”, “¿por qué no puedo sentirme mejor?”, “¿por qué es tan difícil vivir?”, “¿por qué no ha funcionado la terapia conmigo?”, “¿por qué no puedo ser una persona normal?”, “¿por qué no puedo ser feliz?”. 

Es probable que te sientas un poco víctima con preguntas que no parecen tener respuestas adecuadas. Arrinconado por tu dolor emocional y tu lucha contra él, puede que sientas que tu vida se va estrechando cada vez más a tu alrededor.

Si has estado empeñado en una guerra semejante dentro de tu cabeza, ¿qué te parecería si en lugar de empeñarte en ganarla encontraras el modo de salir de ella? Esto no quiere decir que la guerra se vaya a acabar; puede que continúe. Más bien, significaría que tú ya no ibas a seguir viviendo en la zona de combate con tu supervivencia psicológica dependiendo, al parecer, del resultado de la guerra.

El sufrimiento humano es universal

A menudo, la mayoría de la gente que nos cruzamos a diario parece tenerlo todo. Parecen felices; se los ve satisfechos con su vida. Seguramente has tenido la experiencia de ir caminando por la calle en un momento en el que tenías un día especialmente malo mientras ibas mirando a tu alrededor y pensabas: “¿Por qué no puedo ser tan feliz como el resto de la gente? Ellos no padecen trastornos de pánico (o depresión, o problemas de drogadicción). Ellos no se sienten como si una nube oscura estuviera siempre al acecho, amenazadora, sobre sus cabezas. No sufren como sufro yo. ¿Por qué no puedo ser como los demás?”.

Aquí está el secreto. Ellos lo sienten y tú lo sientes: todo el mundo sufre dolor. Todos los seres humanos. Si uno vive lo suficiente, ya habrá experimentado o experimentará, más adelante, la desgracia de la pérdida de alguien a quien se ama. Cada persona concreta ha experimentado o experimentará dolor físico. Todo el mundo ha sentido tristeza, vergüenza, ansiedad, miedo y pérdidas. Todos tenemos recuerdos que nos resultan embarazosos, humillantes o vergonzosos. Todos llevamos ocultos, en el interior, secretos dolorosos. Nos esforzamos en mostrar caras radiantes, felices, simulando que todo va bien y que nuestra vida es inmejorable. Pero no es así y no puede ser así. El hecho de ser humano implica sentir dolor de un modo mucho más penetrante que lo que puedan experimentar cualesquiera otras criaturas de la tierra.

Si tú le das una patada a un perro, éste aullará y saldrá corriendo. Si lo pateas con regularidad, cualquier señal de tu llegada acabará por producir un comportamiento de miedo y evitación en el perro mediante el proceso que se conoce como “condicionamiento”. Pero mientras tú te encuentres fuera de su campo visual y no haya muchas probabilidades de que aparezcas, el perro difícilmente sentirá o mostrará una ansiedad significativa. Con la gente, la cosa es diferente. Con solo dieciséis meses o incluso antes, los cachorros humanos aprenden que, si un objeto tiene un nombre, ese nombre representa al objeto mismo (Lipkens, Hayes y Hayes 1993). Las relaciones que los hablantes humanos aprenden en una dirección derivan luego en dos direcciones. Durante los últimos veinticinco años, los investigadores han tratado de encontrar un comportamiento semejante en otras especies animales, pero solo con un éxito muy relativo y discutible (Hayes, Barnes-Holmes y Roche 2001). Esto implica una diferencia enorme en la vida de las personas en comparación con la de los animales.

La capacidad del lenguaje sitúa a los seres humanos en una posición especial. El simple hecho de decir una palabra evoca el objeto que es nombrado. Haz la prueba: “Paraguas”. ¿En qué piensas cuando lees esta palabra? De acuerdo, eso es solo algo bastante inocuo. Pero imagínate el efecto que tendría si el objeto nombrado fuera algo temible: cualquier cosa que le recordara ese nombre a una persona, tendría la capacidad de hacerle sentir miedo. Sería como si todo lo que el perro necesitara para sentir miedo no fuera una patada de verdad, sino el pensar en la patada que le iban a dar.

Esta es exactamente la situación en la que te encuentras. Esta es exactamente la situación en la que todos los seres humanos nos encontramos debido al lenguaje.

Veamos un ejemplo: tómate un momento ahora para pensar en la cosa más vergonzosa que hayas hecho. Dedica un momento a hacerlo realmente.

¿Qué has sentido? Es muy probable que tan pronto como hayas leído la frase, hayas experimento un cierto sentimiento de miedo o de resistencia. Puede que hayas tratado de minimizar la propuesta leyéndola de pasada. Sin embargo, si te has detenido y, de verdad, has intentado hacer lo que se te proponía, probablemente habrás empezado a percibir un sentimiento de vergüenza mientras evocabas alguna escena de tu pasado y tu comportamiento en ella. Pero lo único que ha ocurrido aquí, en realidad, es que tú has estado viendo unas marcas de tinta sobre el papel. No hay nada más frente a ti; solo eso. Debido a que las relaciones que los “humanos verbales” aprenden en un sentido, luego las desvían en dos, esos mismos humanos tienen la capacidad de tratar cualquier cosa como símbolo de cualquier otra.

La etimología de “símbolo” significa “considerar como igual” y debido a que tú reaccionas frente a la tinta de este papel simbólicamente, las palabras que simplemente estás leyendo, consiguen provocarte una reacción; quizás te recuerden algún acontecimiento vergonzoso de tu pasado.

¿Hasta dónde podrías haber llegado si no pudiera tener lugar una clase de relación semejante? 

El perro sabe cómo evitar el dolor: evitándote a ti y a tu pie.

 Pero ¿cómo puede una persona evitar el dolor si, en cualquier momento, en cualquier lugar, el dolor puede ser evocado en el interior de su mente por cualquier otra cosa que tenga alguna relación con ese dolor?

La situación es incluso peor de lo que parece. No solo no podemos evitar el dolor apartándonos de las situaciones dolorosas (el método del perro), sino que incluso las situaciones placenteras nos pueden evocar sufrimiento. Suponte que alguien muy querido ha muerto recientemente y, hoy mismo, estás contemplando una de las puestas de sol más hermosas que hayas visto en tu vida. ¿Qué pensarías?

Para los seres humanos, evitar las claves situacionales del dolor emocional no tiene muchas probabilidades de éxito a la hora de suprimir los sentimientos negativos porque lo único que se necesita para activarlos en la mente es una clave arbitraria que evoque las relaciones verbales adecuadas

El ejemplo de la puesta de sol demuestra el proceso: Una puesta de sol pude evocar toda una historia verbal; es “hermosa” y las cosas hermosas son cosas que uno desea compartir con otros. Ahora bien, no puedes compartir esta puesta de sol con tu amigo ausente y ahí estás tú, sintiéndote hundido en el preciso instante en que estás contemplando algo hermoso.

El problema es que las claves con capacidad de evocar relaciones verbales pueden ser prácticamente cualquier cosa: la tinta sobre el papel que conforma la palabra “vergüenza” o una puesta de sol que te recuerda una pérdida reciente. Actuando a la desesperada, los humanos intentamos llevar a cabo una acción, en apariencia, muy lógica: empezamos por intentar evitar el dolor mismo.

Desgraciadamente, algunos métodos para evitar el dolor resultan patológicos en sí mismos. Por ejemplo, la disociación o la utilización de drogas ilegales puede reducir el dolor temporalmente pero el dolor regresará con más fuerza que antes y conseguirá provocar aún mayor daño. La negación y el embotamiento reducirán el dolor, pero pronto causarán más dolor aún que el que han evitado.

La posibilidad constante de dolor psíquico es una carga amenazadora a la que todos tenemos que enfrentarnos. Es como el elefante en el cuarto de estar que nadie menciona nunca.

Todo esto no significa que tengas que resignarte a caminar penosamente, cargando con el sufrimiento a lo largo de toda tu vida. Dolor y sufrimiento son dos cosas muy distintas y estoy convencida de que existe una forma de cambiar la relación con el dolor y, así, vivir una “vida buena”, tal vez una vida grande, aún a pesar de que seas un ser humano cuya memoria y habilidades verbales sigan haciendo posible que vuelvas a experimentar dolor en cualquier instante.

La raíz de la palabra “sufrimiento” es la palabra latina ferre que significa “soportar o llevar” (la palabra inglesa “ferry” proviene de la misma raíz). El prefijo “suf” es una versión de “sub” y, en esta forma, significa “desde abajo, arriba y lejos”. En otras palabras, el sufrimiento no solo implica tener algo que llevar; también implica moverse, continuar. La palabra “sufrimiento” conlleva la idea de que hay un peso que no estás dispuesto a llevar o que eres incapaz de llevar, tal vez porque te parece “demasiado pesado”, “demasiado desagradable” o porque crees que está “fuera de tu alcance”. Esta connotación se refiere a algo más que el mero dolor; de hecho, proporciona un modo diferente de tratar el problema del dolor.


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