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Psicóloga Vecindario HABILIDADES SOCIALES: Desarrollo de límites

 

 

 DESARROLLO DE LÍMITES

En realidad, los límites no se heredan. Se construyen. Para ser las personas que Dios quiere que seamos (sin engaño, responsables, libres y cariñosas) necesitamos aprender sobre los límites desde la niñez. El desarrollo de los límites es un proceso permanente, pero las etapas más críticas están en los primeros años, cuando se forma nuestro carácter.

Muchos padres piensan que «el camino correcto» significa «el camino que nosotros, los padres, creemos que el niño debe transitar». Ser buenos padres no es intimidarlos emocionalmente a ser algún tipo de clon o ideal del niño perfecto. Ser padres es ser socios en la tarea de ayudar a los más pequeños a descubrir lo que Dios quiere para ellos y ayudarlos a llegar a la meta. 

Los límites se desarrollan en fases perceptiblemente específicas y diferentes. En realidad, la observación de las primeras interacciones de bebés y niños con los padres ha permitido a los profesionales del desarrollo infantil registrar las fases específicas del desarrollo de los límites.

1 Apego: Fundamento para construir límites 

No importa cuánto nos digamos a nosotros mismos, cuánto leamos, estudiemos o practiquemos, es imposible desarrollar o fijar límites sin relaciones de apoyo de Dios y de otras personas. Ni siquiera intente comenzar a poner límites hasta que tenga vínculos profundos y duraderos con personas que lo amarán pase lo que pase. Nuestra necesidad más profunda es la necesidad de pertenecer, de ser parte de una relación, de tener un «hogar» espiritual y emocional. La naturaleza misma de Dios es estar en relación: «Dios es amor», dice 1 Juan 4:16. Amor significa relación: afecto, vínculos de compromiso entre dos individuos. El vínculo es el fundamento de la existencia del alma. Es imposible desarrollar límites cuando este fundamento está resquebrajado o es imperfecto. ¿Por qué? Porque si nos faltan estas relaciones, no hay a quién acudir en un conflicto.

 Cuando no tenemos la seguridad de ser amados, estamos obligados a optar entre dos malas opciones:

1. Fijar límites y arriesgarnos a perder una relación. Temer que su madre la rechace quedándose aislada y sola. Todavía dependía del vínculo materno para sentirse segura. 

2. No fijar límites y seguir cautivo de los deseos de otro. Al no fijar límites a su madre, será cautiva de los deseos de su madre. 

La primera tarea en el desarrollo de los bebés, por lo tanto, es apegarse con la mamá y el papá. Necesitan aprender que son bienvenidos y están seguros en este mundo. Este vínculo con el recién nacido se genera cuando la mamá y el papá le proporcionan al bebé un ambiente emocional coherente, cálido, cariñoso y predecible. Durante esta etapa, la tarea de la madre es estimular al niño para que se relacione con el mundo, a través del vínculo materno. (La mayoría de las veces, esta es tarea de la madre, pero el padre o la persona a cargo también pueden realizarla.) El apego tiene lugar cuando la madre reacciona a las necesidades del niño, la necesidad de contacto, de ser cargado en brazos, de alimento y ropa limpia. 

En la medida que el bebé experimenta estas necesidades y la reacción positiva de la madre las satisface, él o ella comienzan a asimilar el marco emocional de una madre cariñosa y estable. Los bebés, en esta etapa, no tienen sentido de que son distintos de su madre. Piensan: «Mamá y yo somos lo mismo.» Esto se conoce a veces como simbiosis, una suerte de «nadar junto a» mamá. Esta unión simbiótica es la razón por la que los bebés entran en pánico cuando su madre no está. Solo su madre puede calmarlos. Los bebés desarrollan este marco emocional a partir de miles de experiencias en los primeros meses de vida.

 El objetivo primordial de la madre es «estar ahí», cumplir la función de ser un objeto emocional estable. El objeto estable contribuye a desarrollar en el bebé un sentido interno de aceptación y seguridad, aun sin la presencia de su madre. Todas esas muestras de cariño constante traen como resultado el sentido interno de seguridad que el niño desarrolla y que pasa a integrar su ser. La Biblia se refiere a la constancia como: «arraigados y cimentados en amor» (Efesios 3:17) y «arraigados y edificados en [Cristo]» (Colosenses 2:7). Ilustra el principio de que el propósito de Dios para nosotros es que seamos suficientemente amados por él y por otros, para no sentirnos aislados, aun cuando estamos solos.

El apego es el preludio. En la medida que los niños aprenden a sentirse seguros en su hogar con sus relaciones primarias, están levantando buenos fundamentos para soportar la separación y el conflicto aparejados por el desarrollo de los límites.


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