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Psicóloga Vecindario TRASTORNOS ADICTIVOS Facetas de la adicción

 

 

FACETAS DE LA ADICCIÓN

a)    Adicción a la cocaína

Los norteamericanos consumen más del 60% de la producción mundial de drogas ilícitas: más que ninguna otra nación. Los últimos cálculos indican que unos seis millones de norteamericanos consumen regularmente cocaína, la droga callejera con el mayor potencial adictivo. Y la cantidad de consumidores de la forma más potente y adictiva de la cocaína, el crack, continúa aumentando.

b)   Adicción a drogas legales

Luego están las drogas legales. Hemos estado hipnotizados respecto de las consecuencias negativas de estas drogas, en especial de las dos que son nuestras favoritas: el alcohol y la nicotina. Los tranquilizantes, analgésicos y somníferos es de uso frecuente y raramente indicadas por el médico. Todas ellas son responsables de muchas muertes evitables.

c)    Adicción a la comida

Pero como la adicción es cualquier conducta contraproducente que una persona no puede detener pese a sus consecuencias adversas, el término puede aplicarse con precisión a casi cualquier conducta que satisfaga ese criterio. Se calcula que muchos millones de personas, por ejemplo, son comilones adictivos, lo que les provoca un sinnúmero de problemas de salud, desde obesidad, diabetes e hipertensión, hasta afecciones cardíacas, infartos y trastornos digestivos. (Entre el 5 y el 15 % de las personas con problemas alimentarios adictivos de hecho mueren por causa de estos efectos colaterales.) Como muchos de ellos emprenden una interminable serie de regímenes para adelgazar, en un intento en gran medida inútil por“controlar” la adicción, se ha originado una industria multimillonaria en torno a la cuestión de bajar de peso.

d)   Adicción al sexo

Para los adictos al sexo, la relación sexual es la droga utilizada en una eterna búsqueda de alivio, distracción, consuelo, emociones y la sensación de poder, u otro efecto que poco tiene que ver con el sexo en sí.

En un extremo de la escala están los que se sienten impulsados a pasar de un contacto sexual a otro, pese a la constante insatisfacción que esto le produce (y ahora hasta a la amenaza mortal del SIDA), los que seducen de forma incontrolada (el complejo de Don Juan), buscan prostitutas (o se prostituyen ellos mismos), o se masturban en forma desenfrenada. Otros, con adicciones sexuales más graves, incurren en conductas tales como el exhibicionismo o el voyeurismo

En otro extremo se encuentran los que buscan dominar y ejercer poder sobre otros a través de actos de violencia tales como la violación y el abuso sexual.

Nadie sabe a ciencia cierta cuántos adictos sexuales hay, pero el hecho de que las denuncias de abusos sexuales se han multiplicado vertiginosamente nos indica que existen muchísimos, incluso en ese extremo de la escala. Muchos son objeto de abusos sexuales antes de los 18 años. Lo más trágico es que muchas de las víctimas de los adictos sexuales adquieren a su vez adicciones sexuales u otras perpetuando así el ciclo en nuestra sociedad.

 

e)    Adición a una relación

No existen estadísticas referentes a cuántas personas mantienen relaciones adictivas, en las cuales la relación es utilizada (como una droga) para evadir ciertos sentimientos y para poner en juego cuestiones relativas al poder y al control, entre otras.

Lo típico es que el adicto a la relación se aferre a un compañero que no puede brindarle muchas de las cualidades habituales en una relación (seguridad, intimidad, constancia) debido a que él mismo es adicto a algo, o le tiene fobia a la intimidad, o está casado o es inaccesible por algún otro motivo

Los adictos a la relación (también denominados «codependiente» por su tendencia a hacerse adictos a personas que a su vez tienen alguna adicción) pueden malgastar años, y hasta décadas, tratando de extraer agua de un pozo reseco.

Muchos de ellos son objeto de un maltrato emocional, físico o sexual en el proceso. En realidad, los que padecen este trastorno son a su vez incapaces de amar plenamente. Mantenerse aferrados a un compañero que los maltrata o que por un motivo u otro es inaccesible, les evita tener que afrontar sus propios problemas con la intimidad y refuerza la creencia esencial de que «yo no soy bastante».

f)     Adicción al juego

Hay muchos más jugadores adictivos en estos tiempos de lo que la mayoría de nosotros piensa —unos 12 millones, para ser precisos—, y otros 50 millones de personas, tales como cónyuges e hijos, se ven afectadas por la adicción a apostar de algún individuo. Y estas cifras ni siquiera incluyen a los que tienen como vicio el mercado bursátil, otra adicción en «crecimiento». Por lo general, las personas embelesadas con las acciones, opciones y valores hacen una negación aún mayor que otros jugadores, porque pueden justificarse diciendo que no están jugando, sino «invirtiendo».

Quienes tienen adicciones al juego se exponen a perder mucho más que dinero: el 38% se ve aquejado por problemas cardiovasculares debido a la tensión, y el índice de suicidios en este grupo es veinte veces mayor que el promedio nacional.

g)   Adicción a las compras

En tanto nuestras deudas por compras a crédito ascienden en espiral, las adicciones relacionadas con la práctica de gastar están siendo reconocidas, cada vez más, como un serio problema. 

Menos de la mitad de lo que compramos está destinado a reemplazar artículos gastados. Más que nada, lo que tratamos de «comprar» es algo que nos gratifique, que nos haga sentir mejor.

Para pagar estas deudas cada vez más elevadas, un total estimado de 12 millones de norteamericanos se han convertido en adictos al trabajo

h)   Adicción al trabajo

. Esta afección puede ser mucho más grave de lo que parece porque le quita a la persona su recurso más valioso: tiempo. A medida que más y más de nosotros recorremos largas distancias para llegar a nuestros empleos, trabajamos más horas por día y nos llevamos trabajo a casa por las noches, estamos perdiendo nuestra salud, nuestra vida familiar y nuestra alegría de vivir. La ética del trabajo se ha ido por la borda y nos estamos convirtiendo a toda velocidad en una nación de adictos al trabajo.

¿Qué recompensa brinda la adicción al trabajo? 

¿Por qué incurrimos en ella? 

Hay dos razones principales: 

1) para adquirir una sensación de competencia y poder en algún terreno, dado que nos sentimos crecientemente inadecuados, confundidos e inseguros en nuestras relaciones íntimas, y 

2) para conseguir la infinidad de bienes de consumo que creemos necesitar (aunque nunca estemos en casa como para disfrutarlos). Esta adicción probablemente sea la más difícil de identificar porque es activamente fomentada y galardonada en nuestra cultura. Resistirse a trabajar en exceso es como rehusar un trago en algunas fiestas: hay que estar dispuesto a ser el estrafalario del grupo.

i) Adicción al ejercicio físico

La adicción a hacer ejercicios físicos parece bastante inofensiva, pero cuando alguien se ve «impulsado» a meterse en este trajín —por encima de cualquier otra cosa en su vida—, también puede costar caro. Los adictos por correr suelen lastimarse, y sus relaciones personales, así como su rendimiento laboral, pueden resultar afectados por su interés absorbente en esa actividad. Lo que diferencia al sano ejercicio de su variedad incontrolada es que —como en el caso de la adicción al trabajo— el proceso de esforzarse (por lograr

recorridos más largos, mejores tiempos, mayor elevación en el salto, o lo que sea) es lo que gratifica, de tal modo que en cuanto se alcanza una meta, ya hay que perseguir la siguiente. Al igual que otros adictos, los «fanáticos» del ejercicio físico nunca tienen bastante... porque no sienten que ellos sean bastante.

Debido al notorio hincapié en la apariencia personal que se hace en nuestra sociedad, no es de extrañar que millones de personas se preocupen de manera desmedida por su aspecto físico. Una triste caricatura de esta exagerada preocupación la constituye el 4 % de las mujeres norteamericanas que padecen anorexia (inanición auto provocada) en algún momento de sus vidas. (Los índices correspondientes a los varones son inferiores pero están aumentando, en especial entre los homosexuales). Esta no es una simple coquetería inofensiva: la anorexia tiene uno de los índices de mortalidad más elevados —del 5 al 10 %— de todas las enfermedades psiquiátricas. Y la bulimia, un trastorno caracterizado por enormes comilonas seguidas de vómitos auto inducidos u otros métodos «purgantes», afecta aún a más personas, tal vez hasta el 8 % de la población.

i)     Adicción a la cirugía estética

También está el tropel cada vez más numeroso de esclavos del bisturí: los adictos a alterar su aspecto a través de consecutivas operaciones de cirugía estética. Estas personas utilizan las remodelaciones, los estiramientos y otros medios quirúrgicos del mismo modo en que un adicto hace uso de la droga: obtienen una sensación temporal de exaltación, pero nunca tienen bastante y así es que siguen sometiéndose a nuevas operaciones, con la esperanza de sentirse mejor.

j)     Adicción a actos religiosos

A diferencia de otras personas con inclinaciones religiosas o espirituales, los adictos a la religión utilizan las actividades de su iglesia o culto no tanto para crecer espiritualmente o expresar su devoción, sino como un modo de estructurar y controlar de forma esclavizadora sus vidas, muchas veces porque se sienten fuera de control si no lo hacen. Y al igual que cualquier adicción, la religión puede usarse para ejercer control sobre los demás, como pueden certificar muchos que han tenido algún adicto religioso en la familia.

k)    Adicción a la violencia compulsiva

Otra conducta que comúnmente no se considera una adicción pero que, en algunos casos, puede serlo, es la violencia compulsiva

Para un «adicto a la violencia», golpear a alguien (a un niño, al cónyuge, a un desconocido) es algo que le sirve para cambiar temporalmente de estado de ánimo a través de la descarga de tensiones internas. El agresor no tiene casi ningún control sobre su impulso, se siente profundamente culpable y avergonzada más tarde, pero inevitablemente reitera su conducta, pese a las consecuencias. La voluntad, al parecer, no es suficiente para detenerla.

Bibliografía

Washton, A. M., & Boundy, D. (s.f.). Querer no es poder. Cómo entender y superar las adicciones.



Psicóloga en Vecindario

MARÍA JESÚS SUÁREZ DUQUE

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