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Psicóloga Vecindario CELOS Consejos para personas celosas

CONSEJOS PARA PERSONAS CELOSAS

1.    Ser consciente de que la actitud y el comportamiento de uno perjudican a corto y a largo plazo a la persona que más quiere. Se está haciendo un daño posiblemente irreversible a uno mismo y a su pareja. El celoso no controla parte de su comportamiento porque está sometido intermitentemente a una intensa emoción negativa, que no sólo no le deja razonar bien en su vida sentimental, sino que tampoco les deja vivir ni a él ni a su amante.

2.     Es imprescindible que recupere el control de su comportamiento, que conozca sus sentimientos y sus actos y que los domine. Los celos pueden ser muy intensos e ir acompañados de una enorme angustia. Hablar con otros puede ayudar, y esto vale tanto para los celosos como para sus parejas. Siempre con personas cercanas o profesionales. Todos tenemos a nuestro alrededor una red social más o menos amplia de conocidos, amigos y allegados que pueden echar una mano en un momento determinado. Compartir las penas con otros puede ser de gran ayuda. El problema de los celos es que a menudo van acompañados de vergüenza y sentimientos de valer poco que llevan a ocultarlos a los demás, especialmente a quienes mejor le conocen a uno y a quienes se debe escuchar más atentamente. Si se tiene cerca una persona de mucha confianza y buen criterio, es el momento de hablar y confiar en ella. Como poco proporcionará una sensación de alivio gratificante.

3.    El bienestar y la felicidad en esta vida dependen básica y esencialmente de uno mismo y de cómo se siente. La pareja es un elemento importantísimo, pero no el único y no siempre el principal. Por ello, es de sabios no esperarlo todo del compañero sentimental. La persona amada es una fuente de satisfacción, tal vez la más importante, pero no la única. La pareja ayuda mucho, pero no puede dar todo lo que uno necesita en esta vida. También es imprescindible recibir el calor de la familia y de los amigos, aunque estén lejos, realizar nuestra carrera profesional o disfrutar de nuestro trabajo, o practicar hobbies, deportes o aficiones que nos llenen. Cuando se pregunta a las personas por los mejores momentos de su vida, casi todos corresponden a situaciones en las que han estado acompañadas. Se impone por tanto tener otras fuentes de satisfacción al margen de la pareja y otras personas con las que hablar, entretenerse y pasar el rato. Se trata de llenar el tiempo que se malgasta en las ideas y conductas de celos con aficiones y actividades placenteras.

4.    En el amor auténtico, es más importante dar que recibir. No se puede asentar la vida en común o el matrimonio sobre el deseo, infundado, estéril y falso, de que se debe recibir todo de otra persona. Por supuesto, siempre se espera algo o mucho del otro, pero volcarse en la persona amada es la expresión del cariño y da más satisfacciones que esperar pasivamente recibirlo todo. Aquí se incluye dar todo lo bueno, lo que implica también dar confianza al otro. Apelando a la reciprocidad, no se debe desconfiar de quien confía en uno. 

5.    Hay que evitar el chantaje emocional, del tipo «Si me quieres, no me hagas sufrir» o «Si me quisieras, no harías eso» o «Si haces eso (o si me tratas así), es porque no me quieres». Una persona ama y quiere a otra porque sí, porque le nace y es libre de hacerlo. No ama para pagar deudas que no existen. Si no está de acuerdo con cómo le trata o con lo que hace su pareja, hable del tema tranquila y firmemente con ella, expóngale cómo se siente, la intensidad de su malestar y las razones que ve para ello. Pero no la chantajee. Es el momento del «Tenemos que hablar», directo, claro, franco, constructivo, amistoso y cariñoso. Nadie en su sano juicio lleva una contabilidad o balance de favores y agravios relativos a las relaciones con la pareja, la familia directa o los amigos íntimos. Puntualmente se hablan las cosas, y se utilizan las cuatro frases mágicas: por favorlo sientogracias perdón. En consecuencia, identifique las situaciones de chantaje emocional y reflexione sobre ellas para valorar su oportunidad, intensidad y, sobre todo, necesidad. Siempre se espera algo del otro y siempre se desea dar algo. Pero lo mejor es no chantajear y decir o dejar claro qué es lo que se desea y espera del otro y, en especial, qué es lo que a uno le hace feliz. Como les gusta decir a los psicólogos: «Tu pareja está contigo porque te quiere como eres». Nadie es perfecto. No se puede uno comparar con otros de forma global porque globalmente somos iguales. Cada persona es un ser valioso, único, con sus propias cualidades. Nadie es bueno en todo lo que hace y todos tenemos defectos. Hay que aceptar y reconocer al otro, en principio y por encima de todo, como una persona que posee un valor propio y que es diferente de uno y de los demás. Todo ello con independencia de lo que pueda proporcionar de bueno en el curso de la relación, y también de si aquello que piensa o hace coincide o no con los deseos de uno. La pareja le ha elegido a uno libremente y le acepta y quiere tal como es: así de rico, pobre, listo o torpe. Recíprocamente, uno tiene que aceptar a su pareja tal como es. 

6.    Un paso importante es que hay que aprender a quererse, a apreciar todo lo bueno que hay en uno. Quererse y aceptarse es fundamental para querer y aceptar al otro como es y no como queremos que sea. Las cualidades buenas que se tienen se ejercen y, cuando llegue el caso, se destacan. Con la debida moderación, uno tiene que apreciarse y quererse para que le quieran los demás. La historia de todos está surtida de bastantes ocasiones en las que han brillado las cualidades de uno. No son todas las que se quisiera, pero están ahí para recordarlas en su momento.

7.    La vida en común exige respeto al otro, y en ese respeto se incluye un espacio privado o íntimo, que el ser querido compartirá o no con quien desee. El celoso suele olvidar que todos, y también su pareja, necesitamos un espacio personal, privado, en el que quepan nuestros recuerdos y nuestros pensamientos más íntimos. También necesitamos momentos y lugares de soledad para reflexionar y dejar pasar el tiempo. Son tiempos y espacios de cada uno, llenos de intimidad, que oxigenan y dan fuerza para salir adelante con más energía. Si uno no dispone de tiempo, espacio, aficiones, incluyendo amistades propias, no es libre, no tiene una idea de su valor personal y se pierde parte de lo bueno que tiene la vida. Lo mismo puede decirse de la forma de expresarse, de peinarse o de vestirse. Si uno tiene amistades, el otro miembro de la pareja tiene derecho a tenerlas también. Y si uno renuncia a ellas, no debe esperar que el otro renuncie.

8.    No se debe estrechar el lazo y asfixiar a la persona amada. Eso sí, hay que hablar y dejar claros cuáles son los límites de los espacios íntimos y privados. El espacio íntimo se protege y se respeta, igual que se debe exigir del otro que respete el de uno. 

9.    La llegada de los sentimientos de celos, sospechas y dudas debe ser seguida por el sosiego y no por la agitación. Es el momento de reflexionar y dialogar. Ser sincero y confiar en quien se quiere. Cuando hay problemas, hay que hablar. Hay que procurar aclararlo todo con respeto, cortesía y afecto. Si a uno le asaltan las dudas, primero hay que calmarse y después hablar sobre ellas. El diálogo es la mejor forma de poner fin a un problema o a un conflicto. En el fragor de una discusión, situación frecuente en la convivencia, hay que frenar la escalada de violencia y enfriar los ánimos destemplados.

10. Se deben evitar a toda costa insultos, amenazas y, por supuesto, agresiones del tipo quesean. Las consecuencias pueden ser más graves que el incidente que las originó y pueden también dejar secuelas durante años. Algunas riñas provocan efectos irremediables. Sin llegar a la agresión física, las amenazas, el insulto mordaz o romper cosas queridas de la otra persona por hacer daño pueden iniciar un torrente de represalias y una escalada de violencia psicológica que rompa la relación y la haga irrecuperable. Si la crisis es grave, convendrá dejar un tiempo para que los ánimos se templen antes de hablar y tratar los problemas con calma. Lo fundamental es no aumentar la tensión y recuperar la serenidad.

Una vez que se da uno cuenta de que está sometido a sus emociones, debe:

a)     Liberarse y recuperar el control de sus pensamientos y actos. Debe dejar de pensar en lo malo que puede o no suceder. Sustituir los malos pensamientos por los buenos, por los recuerdos de momentos felices y por la anticipación de otros que vendrán. Debe detener las conductas de vigilancia y control que tanto tiempo le hacen perder y tanto daño le causan a uno y a la persona a quien ama.

b)    Prestar más atención a cómo es la calidad de la relación y su desarrollo a lo largo del tiempo, que a los pensamientos y sentimientos negativos aislados. Se trata de vivir más intensamente la vida real de la pareja, no las fantasías y pensamientos destructivos. En la gestión cotidiana del tiempo y del esfuerzo, la mejor inversión es en los sentimientos, en la pareja, en disfrutar de la vida con ella, y después en nuestras aficiones, en el trabajo y en nuestros contactos sociales. Esto es lo que se pierde el celoso cuando concentra sus energías en ideas, sentimientos y pensamientos destructivos.

c)    Se debe superar el afán de posesión. Ni la pareja ni sus sentimientos pertenecen a nadie. Son suyos y, para bien o para mal, de nadie más. El ser querido es una persona libre con todos sus derechos y por eso se le ha elegido. Recíprocamente, el que a uno le quieran es una decisión voluntaria, no forzada. Ésa es la libertad del amor y su grandeza. 
     
     Sentimientos frecuentes que asaltan a los afectados son del tipo: «Quiero mucho a mi pareja, pero no puede controlarme. ¿Qué hago?». Si ha llegado al punto en que no controla sus sentimientos de celos ni la conducta y accesos de ira que le provocan, si son el eje alrededor del que gira su vida de pareja, si después de hacer todo lo posible ve que la situación no mejora, hable de nuevo con su pareja y busquen la ayuda profesional de un psicólogo o psiquiatra.

Psicóloga en Vecindario

MARÍA JESÚS SUÁREZ DUQUE

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